lunes, 25 de septiembre de 2017

Niños y tecnología: El tiempo frente a la pantalla no parece ser lo más importante

Dentro del cúmulo de opiniones, investigaciones, recomendaciones y tips que hay en relación con la exposición de los niños a los medios y pantallas (móviles y ordenadores), hay poco consenso y, por tanto, un remanente grande de confusión. Muchos padres se preocupan por el “tiempo frente a las pantallas” de los hijos -o por el deseo arrollador de estos de estar ‘un rato más’-. Otros ven las restricciones de tiempo como una medida alienante, que aleja al niño del mundo actual, en el que se desarrollará y crecerá. En la mayoría de los casos se tiende, desde dicha preocupación, a seguir directrices que guarden cierta cuota de seguridad en lo que respecta a la crianza y el propio desarrollo del niño.

Dentro de la gran cantidad información que hemos leído últimamente al respecto, nos hemos topado con este artículo de Terry Heick para Teachthought que creemos digno de rescatar. El autor intenta matizar la visión preponderante del uso de la tecnología y el tiempo que los niños emplean en ella, para invitarnos a ampliar nuestra visión al respecto.

Aquí os pasamos el artículo completo:

El tiempo que pasan los niños frente al ordenador o el móvil suele ser un elemento de preocupación para los padres. Esto incluye desde el miedo de que nuestros niños sean ‘asociales’ y desarrollen adicción a ciertos juegos, hasta la inquietud de que las pantallas de los medios digitales les priven de conectar con espacios físicos, personas y oportunidades a su alrededor.

Como padres deseamos un equilibrio, no necesariamente porque el equilibrio sea lo mejor, sino porque sabemos que, si se llega a descubrir que algo es perjudicial para los niños, nos tranquilizará saber que han tenido una exposición comedida ante ello. El equilibrio es una forma básica de protección ante el futuro, gracias a este no necesitamos comprender exhaustivamente las causas y efectos de cada factor, sino que podemos conformarnos con recomendar ‘equilibrio’ y esperar que los elementos generen un contexto sano a través de dicho balance.

El concepto de “tiempo frente a la pantalla” existe en un mundo en donde los monitores son herramientas de identidad, curiosidad y necesidad constante de información. Hoy en día, en lugar de que cada hogar cuente con una sola ‘pantalla’ (móvil, ordenadores…), cuenta con 5; estas actúan como un portal hacia el mundo. 

La televisión nunca llegó tan lejos. Durante mi infancia, el tiempo frente a la pantalla tenía que ver básicamente con sentarme muy cerca del televisor. El teléfono, por su parte, era la forma predominante de comunicación interpersonal, y los reproductores de vídeo representaban un adelanto tecnológico. Para los niños de hoy en día, la impresionante tecnología móvil es la nueva norma. Sin embargo, cómo y cuánto nuestros niños deberían estar empleando tiempo en esto, son preguntas que, hasta ahora, no han sido tratadas con algún matiz.

En 2011, la Academia Americana de Pediatría presentó sus recomendaciones en relación con el uso de los medios por parte de niños. La idea principal, por supuesto, se trataba de protegerlos. En dichas recomendaciones iniciales, la AAP desaconsejaba el uso de medios tecnológicos por parte de cualquier niño menor de dos años. Desalentaba el tener televisores en las habitaciones. Advertía acerca de retrasos potenciales a nivel del lenguaje en aquellos niños que vieran televisión antes de su primer año. También explicaba la necesidad de tener un ‘tiempo de juego no estructurado’.

En 2013, la AAP presentó nuevamente las mismas directrices y orientaciones generales, a pesar del hecho de que el IPad había sido presentado 3 años antes, y junto con la revolución de los smartphones, había alterado completamente la manera en la que los usuarios interactuaban con los medios digitales. Aun así, no hubo cambios a este respecto.

Cuando nos acercábamos al año 2016, algo finalmente acaparó la atención de la AAP y empujó al grupo a echar un vistazo más detallado y reflexivo a sus recomendaciones, de cara a una cultura progresivamente más fascinada con las pantallas digitales. Como bien señala la organización, “nuestras políticas han de evolucionar o quedar obsoletas”. Sin embargo, quizá evolucionar requiera, en definitiva, menos restricciones en cuanto a tiempo frente a las pantallas y más acerca de ampliar nuestra perspectiva de cómo éstas pueden contribuir y ayudar en el aprendizaje de los niños.

¿Qué es jugar?

Uno de los fundamentos de las recomendaciones de la AAP a lo largo de los años, ha sido un señalamiento en cuanto a emplear un “tiempo no estructurado de juego”, basado en la idea de que “el juego no estructurado estimula la creatividad”. De acuerdo con lo que planteaban, los padres deberían “priorizar un tiempo de juego diario de desconexión, especialmente para los más pequeños”.

Esto es justo y beneficioso, pero también hemos de considerar que el juego se presenta de diversas formas. El juego va más allá de una actividad específica. Se centra en quien juega, bien sea que actúe como participante dentro de un conjunto de reglas que accede a seguir (como en los deportes o juegos de mesa), o como autor de dichas reglas (en juegos inventados por los mismos niños). El juego es tal porque el significado se construye en la mente de quien juega. Y la tecnología puede proveer infinitas oportunidades para el juego.

Los medios digitales han creado una remezcla cultural entre sus usuarios, donde la fantasía, el intercambio de ideas y memes, y la experimentación caracterizan cada proceso y evento. Uno de los grandes talentos de los medios digitales es permitir el juego no estructurado. Muchos juegos son diseñados siguiendo esta línea.
Gran parte de estos juegos están pensados como un espacio en donde los jugadores pueden aportar sus propias ideas y por ello son llamados ‘juegos caja de arena’. Tal y como ocurre en una caja de arena real, hay menos estructura y por ello más opciones. Los videojuegos ‘caja de arena’ están repletos de herramientas y posibilidades, pero dejan que el jugador sea quien cree su propia experiencia. No hay estructura específica, lo que también promueve la creatividad y la experimentación. Esto, sin lugar a duda, también es jugar.

Consideremos la definición de juego de la poeta y naturalista Diane Ackerman:

“Uno escoge el jugar… El juego sucede fuera de la vida ordinaria y requiere libertad. Pero la libertad por sí misma no asegura un resultado divertido… A los jugadores les gusta inventar mundos alternativos, resultados más ventajosos de los eventos, versiones suplementarias de la realidad, otros ‘yos’. El creer está en el corazón del juego, y también está en el corazón de mucho de lo que consideramos trabajo. Intentemos creer que podemos lanzar un cohete a la luna”.

Aunque no necesitemos de una pantalla para imaginar la luna, no hay ningún tipo de evidencia científica que sugiera que éstas anularán nuestro deseo de llegar hasta ella. Nuestro esquema colectivo, la imagen que en general tenemos como cultura, tiende a ver el juego como algo inocente, y la tecnología, en muchos casos, como viciada o dañina. Tendemos a visualizar el juego como un niño solo cacharreando con legos y bloques, murmurando en la medida en la que se habla a sí mismo en un evento imaginario. O quizá como un grupo de niños corriendo en el campo o jugando el ‘pilla pilla’. A veces somos algo nostálgicos en ese sentido, y quizá pertinentemente desconfiados en cuanto a los efectos en nuestros niños de cualquier cosa nueva y pobremente comprendida, como la tecnología. Sin embargo, muchos juegos se basan en reglas y estructuras: Al jugar al ‘pilla pilla’ también se siguen reglas. Esto se aplica a los espacios digitales también; por lo que la tecnología puede ser considerada un juego.

La transferencia desde los espacios digitales a los físicos

Foto: Yasmina Marrero
Más allá de todo lo anterior, la preocupación acerca del tiempo que pasan los niños frente a las pantallas es una preocupación legítima y razonable. Si los niños no se despegan durante todo el día de los medios tecnológicos, su mente estará inundada de todo aquello que albergan los medios sin ningún tipo de filtro. Estando frente al ordenador o al móvil por mucho tiempo, se privan de disfrutar de los espacios físicos, de conectar con su comunidad local, tanto en lo que respecta a otras personas, como a paisajes y lugares. Se limitan a sí mismos, se vuelcan en afinar su participación en un mundo digital más que el mundo físico, el cual representa una realidad más completa.

No obstante, la AAP parece entender mejor hoy en día la verdadera pregunta que deberíamos estar haciéndonos, la cual no se trata únicamente de preguntarnos ¿Cuánto tiempo han de estar expuestos a las pantallas?, sino también ¿Qué están mirando? ¿Cómo les afecta? ¿Cómo aquello que ven desafía sus propias creencias? ¿Qué tipo de habilidades cognitivas y de pensamiento de orden superior ponen en práctica en su comportamiento ‘en línea’? ¿Queremos que se les cuente una historia de un libro o que creen su propia historia en un universo digital en donde ellos tienen el control? ¿Qué actividades y juegos digitales propiciarán mejor y de manera natural hábitos de reflexión, cambios de comportamiento y adquisición de habilidades que puedan transferir al mundo real?

Este tipo de preguntas son notablemente más difíciles de comprender y medir. Es mucho más fácil limitarnos a reducir nuestros cálculos y reflexiones al referente más conveniente con el que contamos: el tiempo. Sin embargo, a la larga, el problema central en cuanto a la tecnología y los niños tiene que ver menos con el tiempo que le dedican a esta, y más con el propósito y matices de sus interacciones digitales. Tengo un sobrino que prefiere jugar a Call of Duty que hablar con cualquiera de los miembros de su familia, hacer ejercicio o crear algo con sus manos. Eso me preocupa. Esto, sin embargo, no tiene tanto que ver con los medios digitales, sino más bien con la naturaleza adictiva de una única forma de interacción digital. Los videojuegos están diseñados para complacer. No todos los medios y tecnología funcionan de esa manera.

Como un medio para abordar estas cuestiones, muchos educadores han llamado a un cambio desde el consumo a la producción en el espacio digital, lo que implica, por ejemplo, mirar menos y crear más, empezando en el espacio escolar y el aula. Ayudar a los niños a entender cómo extrapolar reflexiones e ideas desde el espacio digital al físico constituye una tarea útil y necesaria.

Quizá la mejor prueba con la que contamos para evaluar la adecuación y conveniencia para cualquier niño de una situación particular es preguntar “¿Qué haces y por qué? Aunque el tiempo que pasan frente a la pantalla sin duda importa, enfocarse sólo en el tiempo es como desarrollar un programa de lectura que se enfoque únicamente en los “minutos leídos”. Por qué no preguntar “¿Qué lees y por qué? ¿Qué te llamó la atención de lo que leíste? ¿Para qué usarías eso que has leído? ¿Qué te gustaría leer a continuación?”

Modelando cómo y porqué los niños usan los medios digitales (por ejemplo, para expresar ideas, conectar con otros…), los adultos -padres, educadores y miembros de la familia- pueden ayudarlos a reflexionar acerca del propósito de su comportamiento y las posibilidades a su alcance, y luego considerar y trasladar la experiencia digital dentro de un contexto más sólido y auténtico.

Teniendo todo esto en mente, podemos empezar a ver el tiempo frente a la pantalla no sólo como un problema o preocupación, sino además como una estrategia para tratar de entender el mundo.

Artículo de Terry Heick en Teachthought: Stop Worrying About Screen Time, traducción de Kreadis. 

miércoles, 9 de agosto de 2017

Contar con los dedos: ¿Costumbre o camino genuino hacia el aprendizaje?

Foto: Cebolledo
“La mente inteligente trabaja mano a mano con la mano eficiente.
La mano eficiente trabaja mano a mano con la mente inteligente.”

En estos días existe una considerable dependencia de las matemáticas, tanto a nivel tecnológico como en nuestra vida cotidiana. Sumar, restar y contar son procesos matemáticos que todos usamos en nuestro día a día de un modo natural y espontáneo.
A pesar de los aportes de los avances tecnológicos al campo del aprendizaje, nuevas investigaciones sugieren que, en contra de lo que se viene pensando hasta ahora, los pequeños pueden mejorar en matemáticas si realizan sus cálculos contando con los dedos.
Los profesores suelen decirles a los niños que es mejor contar con la cabeza y el contar con los dedos suele verse como un signo de debilidad en lo relativo a su habilidad con las matemáticas.
Sin embargo, un nuevo estudio británico, publicado en “Fronteras en Educación” sugiere que esta creencia puede ser errónea ya que el contar con los dedos parece acelerar el aprendizaje de las matemáticas cuando éste se hace junto con juegos de números.
Se realizó un experimento de cuatro semanas de duración con 137 niños de 6 y 7 años de edad en el que los niños se dividieron en cinco grupos.
Uno de los grupos realizó ejercicios de contar con los dedos, tales como contar de 1 a 10 utilizando cada uno de los dedos de la mano, mostrando el número correcto de dedos cuando se nombraba un número específico y haciendo sumas o restas sencillas utilizando sus dedos.
El segundo grupo realizó juegos de números, como dominó y juego de cartas.
Los grupos tercero y cuarto realizaron ambas tareas, tanto ejercicios de contar con los dedos como juegos de números.
El quinto grupo fue el grupo de control y no realizó ninguna de las tareas anteriores, ni ejercicios de contar con los dedos ni juegos con números.
Los resultados mostraron que solamente el grupo de niños que hicieron los ejercicios de contar con los dedos mejoraron su sensibilidad aritmética con los dedos (la habilidad de diferenciar mentalmente los diferentes dedos y asociarlos a números), mientras que aquellos que realizaron juegos de números fueron más capaces de calibrar visualmente el tamaño relativo de pares de agrupaciones de puntos. El grupo de niños que participó en ambas tareas superó al grupo de control en varias habilidades relacionadas con matemáticas, incluyendo contar, ordenar, comparar y agregar.
En otras palabras, mientras los juegos con números mejoraron ligeramente una habilidad matemática, los niños experimentaron mejoras más amplias en un rango de pruebas cuando también utilizaron sus dedos para contar en algunos ejercicios.
Los autores del estudio, Tim Jay y Julie Betenson, sugieren una curiosa explicación para dar cuenta de estos resultados: "La parte del cerebro que responde al número está en la proximidad del área que se activa cuando los sujetos realizan actividades de apuntar y coger." Así que cuando usamos nuestros dedos, también activamos las áreas de nuestro cerebro asociadas con el recuento. Este procesamiento paralelo puede explicar por qué los niños pequeños se benefician del recuento con los dedos.
Estos datos indican que, contrario a la creencia más afianzada en cuanto a la regresión asociada a contar con los dedos, esta es una práctica que merece ser reconsiderada, ya que esta costumbre ha demostrado ser muy válida para mejorar varias habilidades en el ámbito de las matemáticas.
Según demuestran los estudios científicos, entre los 4 y los 6 años se desarrolla la mayor parte del tejido neuronal. Este proceso se mantiene dinámico hasta los 12 años, momento en el que el desarrollo de los tejidos nerviosos alcanza el 75%. Durante la adolescencia, se configura el 90% de lo que será el cerebro adulto.
Los resultados del estudio realizado por Tim Jay y Julie Betenson nos recordaron la noticia publicada recientemente en los medios de comunicación: Nacho, un niño de Toledode 8 años ha ganado el campeonato internacional de cálculo mental, celebrado enKuala Lumpur el pasado 16 de julio. A Nacho siempre le gustaron las matemáticas y sus padres le apuntaron a un programa llamado Aloha Mental Arithmetic para seguir mejorando en esta asignatura. El ábaco es una de las herramientas básicas de aprendizaje en este programa. En una de las entrevistas se puede apreciar cómo Nacho utiliza los dedos para realizar mentalmente los movimientos con el ábaco.
En 2013 se realizó un estudio sobre el impacto del aprendizaje de aritmética mental con ábaco en las habilidades cognitivas de los niños, y se comprobó el impacto positivo del aprendizaje con esta herramienta en habilidades cognitivas tales como concentración, resolución de problemas, memoria operativa, memoria asociativa, orientación espacial, formación de conceptos y creatividad. El cálculo con ábaco implica la acción coordinada de los principales nervios del cuerpo humano -por ejemplo vista, sonido y movimiento de las manos-, lo que potencia el desarrollo cerebral.
Notas como éstas nos recuerdan que, más allá de las maravillosas fuentes de innovación que existen hoy en día en el ámbito educativo y de aprendizaje, algunas estrategias más clásicas no son sólo un ejercicio de nostalgia, sino un camino genuino hacia un aprendizaje integral y real.
En esta misma línea, hablamos hace algunos meses en uno de nuestros post “Escritura Vs.Teclado” acerca de cómo el hecho de escribir a mano fija la comprensión de la materia estudiada, y se ha comprobado a través de resonancias magnéticas de cerebros adultos en funcionamiento que existe una red característica del cerebro que se activa al leer e incluye áreas que se relacionan con procesos motores.
En definitiva, parece que las áreas relacionadas con el aprendizaje, parecen estar conectadas o asociadas de alguna manera con áreas sensoriales (visual, auditiva, táctil) que potencian el mismo cuando se realizan de manera conjunta. No en vano muchos proyectos educativos actuales resaltan la importancia de rescatar el aprendizaje experiencial, (ver nuestro post Tinkering: un campamento de verano para explorar el mundo con lasmanos), así como el que se basa en actividades manuales. Estas representan una oportunidad para “pensar con las manos”, intentando a partir de ello construir el significado de lo que se aprende y la comprensión de ello.
No se puede perder de vista que la comprensión matemática potencia el pensamiento lateral. Asimismo, la exploración y la práctica matemática constante fomentan la autoconfianza en las propias capacidades mentales, inteligencia y habilidad para la resolución de problemas. Las matemáticas poseen ciertas características que las hacen adecuadas para el entrenamiento de la mente del estudiante, como lo son la simplicidad, la precisión, la exactitud, la originalidad y el razonamiento similar al de la vida diaria.
Pongamos las matemáticas y los cinco sentidos a trabajar conjuntamente para obtener mejores resultados.
Artículos relacionados:
Artículo de Kreadis con información de:
Edutopía - Youki Terada - Research and Standards Editor @ YoukiTerada
Impacto del aprendizaje de aritmética mental con ábaco en las habilidades cognitivas de los niños  (Junio 2013) – Aloha Mental Arithmetic – Universidad de Madrás – Dra. K. Vasuki - Departamento de Psicología Aplicada e Investigación del Comportamiento

lunes, 31 de julio de 2017

Tinkering: Un campamento de verano para explorar el mundo con las manos

El “Tinkering School” es un programa educativo creado por Gever Tulley el cual se vale de un contexto de ingeniería y construcción como metáfora de la vida: Dotar a los niños de herramientas reales, para solventar problemas reales en el mundo real.

Incluye formatos como cursos y laboratorios (impartidos también en Madrid), y propone especialmente campamentos de verano, todos ellos centrados en “aprender haciendo”: manipular, experimentar, crear, equivocarse y volver a empezar.

Tinkering, frecuentemente traducido como “jugueteo” o “cacharreo”, está planteado para ofrecer un contexto lúdico y colaborativo en donde se pretende recuperar algo de libertad física e intelectual, como una oportunidad para pensar con las manos, para construir significado y comprensión. Quienes lo fomentan afirman que no se trata de un ejercicio de nostalgia, sino de empoderar a los niños mediante habilidades técnicas, interpersonales y de resolución de problemas que les ayudarán a desarrollar su potencial de cara a los retos del siglo XXI.

Sabemos de sobra que los tiempos actuales y los avances tecnológicos plantean retos en los diferentes contextos de la vida, incluyendo el educativo, y en ello se apoyan este tipo de proyectos de innovación educacional. Por ejemplo, hay datos que apuntan que el 65% de los alumnos de primaria tendrán trabajos que hoy todavía no existen, usarán tecnología que aún no ha sido inventada, y resolverán problemas que ahora mismo no consideramos como tales. Asimismo, el 47% de los oficios que existen hoy en día, se automatizarán en los próximos 20 años, y mucha de la información que consideramos relevante hoy, será obsoleta el día de mañana.

Por ello, tal y como explica Maria Xanthoudaki, directora de Educación en el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología Leonardo da Vinci de Milán, el tinkering es un método para explorar y comprender nuestro mundo cambiante mediante la ciencia, la tecnología y el arte. Es una metodología que empodera a los jóvenes para intervenir en el espacio que les rodea y cuyas propuestas abiertas e interdisciplinarias abarcan ámbitos científico-técnicos y artísticos.

Como afirmaba Maria Montessori, las manos son los instrumentos de la inteligencia humana, por lo que en el tinkering school, los materiales y herramientas son parte del “laboratorio intelectual” de la mente. En este sentido, Tulley -su creador- apoya el uso de materiales y herramientas que muchos padres considerarían “peligrosos” para los niños, ya que afirma que estos se benefician de este tipo de juego-aprendizaje, en donde terminan por sentirse cómodos vivenciando experiencias reales. Por tanto, creatividad, experimentación y ludificación son algunos de los ejes fundamentales del tinkering.

Tulley describe así su Escuela de Experimentación:

“Es una escuela donde los chicos pueden agarrar palos, martillos y otros objetos ‘peligrosos’ con plena confianza en su manejo, confiados en que no se lastimarán a sí mismos ni a otros. En el Tinkering School no seguimos un programa fijo y no hay exámenes. No intentamos enseñar algo específico.

Cuando los chicos llegan, se les confronta con muchas cosas: Madera y clavos, soga y ruedas, y un montón de herramientas, herramientas reales. Es para los chicos una experiencia de seis días de inmersión, y en ese contexto podemos ofrecerles a los niños tiempo, algo que suele ser escaso en sus vidas sobreagendadas. Nuestra meta es asegurarnos que ellos se van con un mejor sentido de cómo hacer cosas que cuando llegaron, así como la profunda noción interna de que uno puede descubrir cosas tan solo jugueteando.


Nada sale como es planeado, nunca. Y los chicos pronto aprenden que ningún proyecto resulta ser 'perfecto' y se adaptan a la idea de que cada paso dentro de un proyecto es un paso más cerca de la dulzura del triunfo. Empezamos con garabatos y dibujos y a veces hacemos verdaderos planes. En otras ocasiones solo empezamos a construir: Construir es el corazón de la experiencia. Los adultos actuamos como colaboradores, manteniendo el contexto en los proyectos y guiando hacia la meta. El éxito está en el hacer y se festejan y analizan los fracasos. Los problemas se convierten en rompecabezas y los obstáculos desaparecen (…) Surge una profunda comprensión y nuevos enfoques sorprendentes para resolver los problemas que momentos antes hacía que los chicos se sintiesen frustrados… Todos los materiales están a su disposición, incluso las bolsas de plástico pueden convertirse en puentes, más fuertes de lo que cualquiera habría imaginado… Y las cosas que construyen nos sorprenden a todos, incluso a ellos mismos”.

Imagen Ted Talks
Tulley afirma que vivimos en un mundo en donde los niños se encuentran frecuentemente sometidos a contextos de sobreprotección, en donde las regulaciones infantiles en cuanto a seguridad son cada vez más severas. Se pregunta -y nos anima a preguntarnos- hasta dónde puede llegar esta tendencia.

Una de nuestras ponencias más solicitadas* tiene que ver precisamente con recordarnos a todos, como padres y sociedad, hasta qué punto “cuidamos” de nuestros niños de “tantos peligros” hasta enseñarlos a desenvolverse sólo en un mundo “seguro”, un mundo muy distinto al real. En palabras de Tulley:

“Cuando redondeamos cada esquina y eliminamos cada objeto afilado, cada pedazo punzante del mundo, entonces la primera vez que los niños entren en contacto con algo afilado o que no esté hecho de plástico redondeado, van a lastimarse. Así que, a medida que los límites de lo que definimos como la zona de seguridad se hacen cada vez más pequeños, aislamos a nuestros niños de valiosas oportunidades para aprender a interactuar con el mundo que les rodea.”

Resalta que su propuesta no es una invitación al riesgo, sino más bien -todo lo contrario- una nueva visión de seguridad, una que nos permita preparar a nuestros niños ante vivencias reales, en donde puedan sentirse confiados ante los retos de la vida real.


Así, el tinkering, más allá de los laboratorios, cursos y campamentos que propone, invita a una novedosa visión de la educación en la que no solo se fomenta la adquisición de competencias, como el trabajo en equipo y la capacidad de aprender a largo plazo, sino que además prepara y empodera a los niños ante la aventura de explorar, conocer y comprender el mundo real.

Artículo de Kreadis con información de:

-Gever Tulley enTedTalks, LifeLessons Through Tinkering
-Gever Tulley enTedTalks, 5dangerous things you should let your kids do
-Maria Xanthoudaki, Tucreatividad no tiene límites 

*El valor educativo de la frustración

La otra cara de decir "muy bien" a los niños

Tenemos la tendencia a aplicar los conceptos de “bien” y “mal” a muchos aspectos de nuestras vidas, incluyendo la manera en la que evaluamos las conductas de los niños. Intentamos fomentar “lo positivo” y detectar “lo negativo” con el objetivo de suprimirlo. Ambos polos suelen gestionarse por parte de los padres mediante la dualidad castigo-refuerzo. Este último ha adquirido mayor prominencia tras la cantidad de información que desaconseja pertinazmente el castigo y la crítica como medidas educativas. Observamos asimismo como cada vez está más de moda lo relacionado con la psicología positiva, el “todo está bien”, insistir sobre centrarnos en los aspectos buenos de la persona y reforzarlos, lo que a su vez ha ayudado a que el refuerzo y los elogios se extiendan y se automaticen.
Estamos viviendo un momento en el que, quizá por acortar la brecha generacional y profundizar en el esfuerzo por entender a nuestros niños, nos movemos a zancadas entre las diversas perspectivas que nos garantizan una crianza y desarrollo sano de los hijos: "reforzarles, no castigarles", "centrarse en los aspectos positivos, no en los negativos", "sacar partido de los baches, no las quejas", “poner límites vs. dejar espacio para que cuestionen”… un amplio abanico de propuestas que muchas veces son puestas en práctica sin razonar o analizar el caso concreto y, en muchas ocasiones, sin un mínimo de consistencia. Muchas propuestas educativas y de crianza tienen su espacio de razón, sin embargo, es necesario tener en cuenta el contexto en el que la situación ocurre, así como otros detalles que caracterizan la respuesta de los padres, de manera que no corramos el riesgo de caer en el reduccionismo de "café para todos".
Aunque se ha alabado durante años los beneficios del refuerzo positivo en los niños, la investigación actual, que se ha ocupado de conocer mejor la influencia y procesos relacionados con el mismo, ha aportado mayor claridad al papel que juega en su conducta. “Lo has hecho muy bien” “Tu dibujo es precioso”, son frases que pueden sonar familiares ya que muchos las hemos usado para alentar a los niños y que aprendan sobre el valor de sí mismos. Sin embargo, aunque nuestras intenciones son las mejores, si nos detenemos a reflexionar un poco más allá acerca de esta tendencia, veremos que este tipo de alabanzas incluyen un juicio de valor por parte de los padres (o por parte de la figura que las hace). No es nuestra aprobación o evaluación lo que pretendemos que guíe el desarrollo y conducta del niño, sino más bien que este pueda llegar a sus propias conclusiones apoyándose en nosotros.
El destacado investigador en el campo de las ciencias sociales Alfie Kohn, quien ha estudiado durante años diversos aspectos acerca de la parentalidad y la educación, nos adelantaba hace unos años (2001) su preocupación al respecto, dado que se ha enaltecido el refuerzo hasta un punto, que se pierde de alguna manera con ello la naturalidad del elogio y se obvian algunos aspectos menos constructivos del mismo. El “Muy bien” que le solemos dirigir a los niños, se ha automatizado y se dice, en muchas ocasiones, de manera indiscriminada.
Es muy frecuente en cualquier contexto familiar, escuchar que se les dice a los niños de manera recurrente “¡Muy bien!: Cuando se comen toda la comida, cuando sonríen, cuando hacen algo que les pedimos… Muchos nos reconoceremos a nosotros mismos o a otros utilizando este tipo de frases con nuestros niños al punto de que casi se han convertido en un “tic verbal”.
Alfie Kohn señalaba que, aunque hay una gran variedad de textos que advierten en contra de recurrir al castigo, es muy difícil encontrar opiniones profesionales que desalienten el uso del refuerzo positivo en la educación de los niños. El punto aquí no es cuestionar la importancia de apoyar e incentivar a los niños, la necesidad de amarlos y abrazarlos, de ayudarlos a sentirse bien con ellos mismos. Lo relevante de este punto de vista es poder mostrar cómo ciertos elogios de carácter evaluativo desnaturalizan algunas conductas del niño que son parte de su proceso de crecimiento, y le dificultan acceder a la comprensión y autenticidad que intentamos fomentar.
Apuntamos aquí las razones que apoya la investigación, por las que se desaconseja echar mano constantemente del “Muy bien” y de los elogios evaluativos:
1. El elogio evaluativo encierra en sí una forma de “manipulación”. Cuando le decimos al niño “¡Muy bien!” una vez que ha limpiado y guardado sus materiales de pintura, le decimos a su vez que esa es la conducta que queremos ver en él. Aunque deseamos que aprenda y siga normas y reglas, el mensaje no deja espacio para la reflexión del niño ni añade información descriptiva que pueda serle de valor. En la mayoría de los casos, este tipo de mensajes tienen menos que ver con sus necesidades emocionales que con nuestra propia conveniencia o deseo. El “Muy bien” se traduce en un símil verbal de una recompensa tangible y bien sabemos que la motivación y el deseo son mucho más potentes que las recompensas externas y que, además, estas no siempre sobrevendrán a nuestras acciones en la vida adulta.
La razón por la cual los elogios pueden funcionar a corto plazo es que los niños pequeños están hambrientos de aprobación. Pero nosotros tenemos la responsabilidad de no aprovecharnos de esta dependencia para nuestra propia conveniencia. Los niños también pueden empezar a sentirse manipulados por esto, incluso si ellos no pueden explicar a ciencia cierta por qué.
2. Inducimos a los niños a estar en constante búsqueda de aprobación. Algunas veces felicitamos a los niños solamente porque estamos genuinamente complacidos por lo que han hecho. Sin embargo, incluso en dichas situaciones, vale la pena poner más atención. En algunos casos, en vez de aumentar la autoestima de un niño, podemos estar incrementando su dependencia hacia nosotros. Las investigaciones han comprobado cómo este tipo de situaciones fomentan la aspiración del niño por satisfacer el deseo que transmite el interlocutor a través de su elogio, por tanto se incrementa asimismo la dependencia de este hacia nuestras evaluaciones, nuestras decisiones acerca de lo que está bien y mal, en lugar de aprender de sus propios juicios. Esto los lleva a medir su valor en términos de lo que a nosotros nos hará “felices” o les procurará un poco más de aprobación.
Mary Budd Rowe, investigadora de la Universidad de Florida, descubrió que los estudiantes que eran elogiados excesivamente por sus profesores eran más indecisos en sus respuestas y más proclives a responder con un tono de voz de pregunta, buscando la aprobación previa de su interlocutor en lugar de sumergirse en su propia reflexión. Asimismo, tendían a retractarse de una idea propuesta por ellos tan pronto como un adulto mostraba su desacuerdo y tenían menos tendencia a perseverar en tareas difíciles o compartir sus ideas con otros estudiantes.
Cuando acostumbramos al niño a felicitarle por todo aquello que realiza, ¿Qué hará cuando no estemos allí para dar nuestra aprobación a su trabajo? Algunos niños se preocupan o se cuestionan a sí mismos cuando no reciben el elogio tras su acción -aun cuando esta sea acorde y correcta- por el simple hecho de estar acostumbrados a recibirlo como forma de refuerzo de su identidad. La identidad del niño y su autoestima han de estar potenciadas por factores más complejos. Los niños necesitan saborear el éxito de llegar a sus propias conclusiones y nuestros elogios y observaciones simplemente deberían ayudarles a que puedan realizar esa autoevaluación de manera sana.
3. Le decimos al niño cómo ha de sentirse. Aparte del problema de dependencia, un niño merece disfrutar de sus logros y sentirse orgulloso de lo que ha aprendido a hacer. También merece decidir cuándo sentirse de tal o cual forma. Cada vez que decimos, “¡Muy bien!”, le estamos diciendo al niño cómo sentirse.
Con total seguridad, hay momentos en los que nuestras evaluaciones son apropiadas y nuestra guía es necesaria –especialmente con niños que ya caminan o que están en edad pre-escolar. Pero una corriente constante de juicios de valor no es ni necesaria ni útil para su desarrollo.
Es probable que, lamentablemente, no nos hayamos dado cuenta de que “¡Muy bien!” es una evaluación tanto como lo es “¡Mal hecho!” La característica más notable de un juicio positivo no es que este sea positivo, si no que es un juicio. Y a la gente, incluyendo a los niños, no les gusta ser juzgados.
Cuando un niño logra hacer algo por primera vez, o hace algo mejor de lo que lo había hecho hasta ahora, es conveniente tratar de resistirse al reflejo de decir “¡Muy bien!” y con ello no diluir su alegría. Es preferible que el niño comparta su placer con nosotros, no que nos mire buscando “un veredicto”. Sería deseable que el niño exclame, “¡Lo hice!” en lugar de preguntarnos con incertidumbre, “¿Lo hice bien?”.
4. Minamos la oportunidad de que descubra sus propios intereses. "¡Muy bonita pintura!” puede hacer que los niños sigan pintando por el tiempo que nos mantengamos mirando y elogiándolos. Pero, Lilian Katz, una de las principales autoridades nacionales de educación en la temprana infancia, advierte “una vez que se retira la atención, muchos niños no volverán a esa actividad.” Efectivamente, una cantidad impresionante de investigaciones científicas han mostrado que mientras más recompensamos a la gente por hacer algo, más se tiende a perder el interés por aquello que se hace para obtener la recompensa.
En un estudio de problemas llevado a cabo por Joan Grusec de la Universidad de Toronto, los niños pequeños que fueron elogiados frecuentemente por sus muestras de generosidad, tendían a ser menos generosos en el día a día, de lo que eran los otros niños. Cada vez que ellos han oído “¡Muy bien por compartir!” o “Estoy muy orgulloso de ti por ayudar”, perdían el interés intrínseco por compartir o ayudar. Estas acciones vinieron a verse no como algo valioso en su propio sentido de lo justo, sino como algo que deben hacer para obtener nuevamente esa reacción del adulto. La generosidad se convierte así en el medio para un fin.
En este sentido, varias investigaciones han mostrado cómo el interés de los niños se orienta a complacer el mensaje oculto tras el elogio, más que a la tarea que están realizando. Por ejemplo, en un grupo en el que se transmitían constantemente mensajes acerca de la inteligencia de los niños “Muy bien, qué listos sois”, estos evitaban las pruebas difíciles y rehuían del error, interesándose solo por aquellas actividades que garantizaran la recompensa verbal.
Entonces la pregunta: ¿motivan los elogios a los niños? Por supuesto. Los motivan principalmente a obtener elogios. Desgraciadamente, esto sucede frecuentemente a expensas del compromiso, motivación o interés hacia aquello que estaban haciendo y que provocó el elogio.
5. Desnaturalizamos la conducta del niño e influimos sobre su desempeño. Varias investigaciones han encontrado que los niños que de forma constante reciben elogios evaluativos por hacer bien un trabajo creativo, tienden a tropezar en la siguiente tarea, y no les va tan bien como a los niños que no fueron elogiados desde el principio.
¿Por qué sucede esto? En parte porque los elogios crean una presión de “continuar el buen trabajo”, llegando a interponerse en el camino de lograrlo. En parte porque su interés en lo que hacen puede disminuir. En parte porque ellos se vuelven menos propensos a tomar riesgos –un prerrequisito para la creatividad- una vez que comienzan a pensar sobre cómo hacer que esos comentarios positivos continúen ocurriendo.
En forma general, “¡Muy bien!” es un vestigio de un enfoque que reduce toda la vida humana a comportamientos que pueden ser vistos y medidos. Desafortunadamente, esta ignora los pensamientos, sentimientos y valores que yacen detrás de los comportamientos. Por ejemplo, un niño puede compartir su bocadillo con un amigo, bien como una forma de atraer un elogio, o como una forma de mostrar genuinamente su deseo de vinculación y generosidad y asegurarse de que el otro niño tenga suficiente para comer. Los elogios evaluativos del tipo “Excelente, has compartido con tu amigo” ignoran estos diferentes motivos. Estos, de hecho, promueven el motivo menos deseable, haciendo a los niños más proclives a tratar de obtener elogios en el futuro, tendencia que se extiende en su vida adulta.
Sin embargo, no es un hábito fácil de romper. Dejar de hacer elogios evaluativos (los más frecuentes en todo tipo de contexto), al menos al principio, puede parecer extraño. Se puede sentir como si se estuviese siendo frío o guardándose algo. Pero eso, (y pronto se vuelve evidente) sugiere que nosotros elogiamos más porque necesitamos decirlo, que porque nuestros niños necesitan oírlo. Siendo esto así, es tiempo de reconsiderar lo que estamos haciendo.
Lo que los niños necesitan es apoyo incondicional, amor sin compromisos. “¡Muy bien!” es condicional. Significa que estamos ofreciendo atención, reconocimiento y aprobación por saltar a través de nuestro aro, es decir, por hacer algo que nos complace a nosotros.
El problema real no es que los niños de esta época esperen ser elogiados por todo lo que hacen. Lo que sucede es que nosotros estamos tentados a tomar atajos, a manipular a los niños con recompensas, en lugar de explicar y ayudarlos a desarrollar las habilidades necesarias y los buenos valores.
Entonces, ¿cuál es la alternativa? Lo más importante es que cualquier cosa que decidamos decir tiene que ser en el contexto del afecto genuino y amor por lo que los niños son, en vez de por lo que han hecho. Una excelente alternativa es sustituir los elogios evaluativos (que encierran juicios), por elogios descriptivos (que fomentan la individualidad y reflexión del niño). En lugar de juzgar lo que vemos, podemos simplemente describir lo que vemos que el niño ha hecho, por ejemplo: En lugar de “Muy bien, qué bonita historia”, podemos decir “Lo has contado de manera que quien la lee y escucha, puede saber exactamente qué siente el personaje”. El elogio descriptivo es específico y genuino, y permite que el niño evalúe sus propias acciones, en lugar de imprimirle automáticamente el juicio que nosotros le ofrecemos. En lugar de describir la acción específicamente, podemos describir lo que pensamos que el niño está sintiendo o sus avances: “Has hecho todos los ejercicios de matemáticas en menos tiempo que hace un mes, ¡parece que eso te complace y alegra mucho!”. Los elogios descriptivos ponen mayor énfasis en el esfuerzo que en la recompensa, enseñamos a los niños a ver las grandezas de sus logros y los puntos “menos positivos” en los que podrían trabajar.
Sin embargo, para poder hacer el cambio en nuestra forma de elogiar a los niños, hemos de reconsiderar nuestros propios requerimientos en vez de simplemente buscar una forma de que los niños obedezcan. Por ejemplo, en lugar de usar “¡Muy bien!” para hacer que un niño de cuatro años se siente callado durante una larga clase o cena familiar, tal vez deberíamos preguntarnos si es razonable esperar que un niño haga esto.
Debemos encaminar a los niños hacia el proceso de tomar sus propias decisiones. Si un niño está haciendo algo que molesta a otros, entonces sentarse posteriormente con él y preguntarle, “¿Qué piensas que podemos hacer para solucionar esto?” Podría ser más efectivo que chantajes o amenazas. Esto también ayuda al niño a aprender cómo resolver problemas y le enseña que sus ideas y sentimientos son importantes. Por supuesto, este proceso toma tiempo, cuidado y coraje. Lanzar un “¡Muy bien!” cuando el niño actúa en una forma que nosotros estimamos apropiada, no considera ninguna de estas cosas, lo que también explica por qué resulta mucho más sencillo de expresar y automático.
Entonces, ¿Qué podemos decir cuando los niños hacen algo impresionante? Como comentamos anteriormente, podemos basarnos en los elogios descriptivos. Para ello podemos:
Decir o describir lo que vimos. Un enunciado simple, sin evaluación (“Te pusiste los zapatos por ti mismo” o incluso solamente “Lo hiciste”) le dice al niño que te has dado cuenta del cambio o acción. También le permite sentirse orgulloso de lo que hizo. En otros casos, puede tener sentido hacer una descripción más elaborada. Si hace un dibujo, podríamos ofrecer unas observaciones –no un juicio- sobre lo que vemos: “¡La montaña es inmensa!” “¡Utilizaste muchos colores!”
Si un niño hace algo cariñoso o generoso, se podría atraer su atención sutilmente hacia el efecto de esta acción en la otra persona: “¡Mira la cara de Gloria! Parece que le ha gustado que compartas las patatas con ella”. Esto es completamente diferente a un elogio, en el que el énfasis está en cómo se siente el adulto acerca de la acción hecha por el niño.
Hablar menos, preguntar más. Incluso mejores que las descripciones son las preguntas. ¿Por qué decirle al niño qué parte de su dibujo le impresionó al padre cuando se le puede preguntar qué es lo que a él le gusta más de su dibujo? El preguntar “¿Cuál fue la parte más difícil de dibujar?” o “¿Cómo hiciste para hacer el pie del tamaño correcto?” es probable que alimente su interés por el dibujo. Decir “¡Muy bien!”, como lo hemos visto, puede tener exactamente el efecto contrario y no le invita a reflexión alguna.
Mostrar aprecio o agradecimiento. Menciona aquello que el niño ha hecho y para qué ha podido servir, por ejemplo “Gracias por recoger la mesa después de cenar. Cuando toda la familia colabora podemos disfrutar más tiempo juntos”.
Centrarnos en la acción, no en la persona. En lugar de juzgar al niño, hemos de intentar centrarnos en la acción. En lugar de “Eres un desordenado, tienes los juguetes por toda la casa”, o “Qué bien que recogiste tus juguetes” podemos decir “Los juguetes están (o no) en su lugar, cuando están ordenados en la habitación son más fáciles de encontrar”.
En resumen, esto no significa que todos los cumplidos o todas las expresiones de gusto sean dañinas. Debemos considerar los motivos por los que los decimos y reflexionar sobre los mensajes ocultos que podemos estar transmitiendo en ellos así como los efectos verdaderos de decirlos. Una expresión genuina de entusiasmo tiene un mayor efecto positivo que el simple deseo de manipular el futuro comportamiento del niño.
¿Están nuestras reacciones ayudando al niño a percibir un sentido de control sobre su vida o fomentando el deseo de buscar constantemente nuestra aprobación?
¿Están estas expresiones ayudándolo a volverse más entusiasta con lo que está haciendo por derecho propio, o convirtiendo la acción en algo que él quiere hacer únicamente para recibir una palmada en la espalda?
No es cuestión de memorizar un nuevo guión, sino de tener presentes nuestros objetivos a largo plazo para nuestros hijos y ser sensibles ante los efectos de lo que decimos.

Artículos relacionados:

Artículo de Kreadis con información de::
-Cinco razones para dejar de decir “¡Muy Bien!” por Alfie Kohn * YOUNG CHILDREN – Septiembre 2001 (Parents, mayo de 2000, Alfie Kohn).
-Praising Children: Evaluative vs Descriptive en Playful Learning.
-Por qué dejar de decir ¡Muy bien! en “El método Montessori”

lunes, 10 de julio de 2017

Las islas de competencia y la percepción de éxito

Todos somos buenos en algo, y hay veces en las que no nos resulta obvio ni es fácil identificar cuáles son estas áreas. Nuestros hijos no escapan a este principio y uno de los cometidos de padres y educadores es ayudarles a ser conscientes de cuáles son las perlas que cada uno de ellos esconde. Una vez encontradas e identificadas estas áreas de fortaleza, comienza el trabajo de construir sobre ellas.

A lo largo de todo el desarrollo y en todas las edades, los niños encaran constantemente situaciones que les suponen retos y aprendizajes. Pensemos en el desafío que implica para ellos el simple hecho de comenzar a caminar y experimentar la posibilidad de desplazarse hacia el lugar que quieren.

Muchos de ellos viven estos desafíos como retos ilusionantes y cada caída o fracaso es un estímulo para continuar perseverando, hasta que consiguen dominar la actividad elegida. Esta experiencia de éxito constituye un elemento vital para el desarrollo de una actitud mental que ayude a mejorar la fortaleza de carácter.

Al principio, lo que comienza siendo algo instintivo, con motivación y perseverancia se llega a dominar y se convierte en una "isla de competencia".

La percepción del éxito de padres e hijos está directamente relacionada con la fortaleza de carácter. Para que el éxito origine una isla de competencia, se requiere algo más que una única experiencia de éxito. Cuando somos capaces de comprender nuestras percepciones y las de nuestros hijos, estamos en una mejor posición para apoyar sus islas de competencia.

Este tipo de experiencias generan una sensación general de orgullo y va llenando en el niño un “depósito de perseverancia”, del que el niño puede hacer uso a medida que se vaya enfrentando a nuevos desafíos. De esta forma, se va generando un círculo benéfico, cada nueva realización con éxito refuerza la autoestima y alimenta su fortaleza de carácter.

No obstante, el conseguir éxito en la realización de una tarea, por sí solo, no constituye este patrón, ni es aplicable a todos los niños.

Todo lo que les rodea constituirán variables que afectarán de uno u otro modo a que esto se facilite o no, y aportarán el significado personal a las realizaciones del niño.

A continuación, recogemos las aportaciones de R. Brooks y S. Goldstein en lo que respecta tanto a los obstáculos con los que se encuentran algunos niños para poder desarrollar sus islas de competencia, como a proporcionar algunos principios a considerar para poder ayudarles a experimentar la aceptación y el éxito.

En cuanto a los obstáculos que se encuentran, estos han podido verse originados en cierta medida por distintos factores, entre ellos, los que más destacan pueden ser los que enumeramos a continuación:

·         Incapacidad de sentir la alegría por el éxito obtenido
·         Tener una baja autoestima
·         Atribuir el éxito de forma equivocada
·         Poner muy alto el listón
·         Contar con unos padres cuya concepción del éxito no coincide con sus fortalezas.

La experiencia del éxito no solamente ayuda a forjar la fortaleza de carácter en el niño, sino que también les ayuda a superar situaciones de estrés y los retos diarios a los que se enfrentan, además de aumentar su tolerancia a frustración.

Sin embargo, incluso alcanzando el éxito, hay niños que no consideran sus resultados positivos como éxitos propios al no identificar que lo han conseguido gracias a sus propios recursos, sino más bien en causas externas a ellos.

En este sentido, es importante identificar cuántos de estos obstáculos tienen relación con nuestros hijos y cuántos también lo tienen con nosotros mismos, nuestras creencias, expectativas y limitaciones. Si somos capaces de comprenderlos estaremos allanando y despejando el camino que puede llevar a nuestros hijos a que puedan conseguir y sobre todo disfrutar y celebrar sus propios éxitos.

Unas veces tendremos que aceptar y comprender el temperamento y la experiencia vital de nuestros hijos, otras tendremos que hacer una autoevaluación de nuestras opiniones y prejuicios respecto a lo que define el éxito de nuestros hijos, y en otras ocasiones deberemos lidiar con empatía y buscar las razones por las que algunos niños recurren al éxito "hueco", es decir, actividades que no son socialmente aceptables o que están al límite de la ley,  en las que son pseudo competentes, como portarse mal en la escuela, incorporarse a pandillas delincuentes, etc.

Una vez identificados, examinados y aceptados los obstáculos, el siguiente paso a dar sería comprender la teoría de la atribución con el fin de saber cómo nuestros hijos realizan sus atribuciones en ciertas situaciones.

Esta teoría se centra en los factores a los que atribuimos nuestros éxitos y errores. Las atribuciones que hacemos respecto a nosotros mismos y a los que nos rodean están determinadas por nuestras experiencias, por los conocimientos que hemos adquirido, por la comprensión, por nuestra actitud mental e incluso por los factores físicos y ambientales del momento. Por ejemplo, la mayoría de nosotros solemos interpretar los acontecimientos de la vida diaria en forma más negativa cuando estamos más deprimidos y, por el contrario, solemos ver las cosas de manera más positiva cuando nos sentimos alegres y con confianza ante las situaciones que se nos presentan. Es la historia del vaso medio lleno o medio vacío.

Por ejemplo, imaginemos a un supervisor que considera el trabajo de un empleado “cuidadoso”, y valora el tiempo y la paciencia que pone en la realización de la tarea, mientras que otro supervisor define el mismo ritmo de trabajo como “lento” y le pide que realice la tarea con más rapidez. Si analizamos bien la situación, el empleado ha realizado el trabajo con el mismo ritmo ante los dos supervisores, pero las atribuciones que cada uno ha realizado han sido distintas. Esto influye en la forma en la que cada uno se expresa hacia el empleado y uno le felicita por su buen hacer y el otro le critica por no hacerlo correctamente. Todo esto ha dependido del carácter, experiencias, motivaciones y necesidades de cada supervisor.

Lo mismo nos suele ocurrir en cuanto a la valoración que hacemos de las cosas que hacen nuestros hijos diariamente.

Finalmente, sería interesante tener en cuenta los siguientes principios para reforzar el cambio en este sentido:

·         Disfrutar y festejar francamente los logros de nuestros hijos (sean los que sean)
·         Destacar el aporte que hacen a la creación del éxito
·         Identificar y reforzar las islas de competencias que cada uno de ellos tienen
·         Dejar tiempo para que se puedan desarrollar sus puntos fuertes
·         Aceptar los puntos fuertes y éxitos de cada niño



El desarrollo de una fortaleza de carácter viene de la mano de haber experimentado la alegría y la emoción del éxito en áreas significativas para la persona. En la medida de lo posible, es conveniente vincular éstas experiencias a los intereses del niño y que éste pueda llegar experimentar una sensación de propiedad y de responsabilidad por el éxito que ha obtenido.

Artículos relacionados:
Reforzar la autoestima de nuestros hijos I
Reforzar la autoestima de tus hijos II

Artículo preparado por Kreadis con información de:
R. Brooks y S. Goldstein - Cómo fortalecer el carácter de los niños