domingo, 2 de julio de 2017

5 Claves para hacer frente a los suspensos durante el verano

Transcurrido el año escolar, llegan por fin las vacaciones. Padres e hijos se preparan para ellas y las esperan con entusiasmo, hasta que el boletín de notas pone freno a la celebración cuando trae consigo uno o varios suspensos.

Son muchos los disgustos y la sensación de decepción que experimentan padres y madres porque sus hijos han suspendido. Surgen preguntas, pedir y rendir “cuentas”, sensaciones variopintas y, en muchos casos, conflictos en el contexto familiar.

Una calificación deficiente no suele ser fácil de aceptar y muchos padres la interpretan como una especie de fracaso personal o, incluso, como un precedente desalentador de cara al futuro de sus hijos. Las sensaciones que suelen aflorar con mayor rapidez son el desánimo, el enfado y la frustración, así como una serie de cuestionamientos hacia el hijo y hacia sí mismos.

Son muchas las razones que alimentan las sensaciones de los padres de cara a los suspensos. Una de ellas responde a la creencia de que las notas son un reflejo del rumbo que toman sus hijos, así como su perspectiva de futuro. En otros casos, las notas aportan valor -de manera más o menos consciente- a la imagen que los padres tienen del niño. Por otro lado, muchos padres son sensibles ante el hecho de que el fracaso escolar habla -con mucha frecuencia- de procesos, cambios, inhibiciones o conflictos por los que está atravesando el niño y que no se manifiestan explícita o claramente sino a través de sus resultados académicos.

Las sensaciones de frustración suelen incrementarse en los casos de familias en donde el año escolar ha transcurrido como un campo de batalla, o un escenario de grandes esfuerzos en cuanto a tiempo, dedicación y recursos. Los suspensos generan gran impacto y rabia cuando se valoran dichos esfuerzos (tiempo dedicado a estudiar con el hijo, discusiones familiares por los resultados parciales, dinero invertido en academias y profesores particulares…) en relación con el resultado obtenido, despertando mayor incomprensión por parte de los padres.

En cualquier caso, los suspensos ponen a los padres en una posición de impotencia y temor, que se manifiesta de diversas formas y, como es lógico, afectan las dinámicas de cara a las vacaciones. Son comunes las frases como “Nos has fastidiado el verano a todos”, “Olvídate de salir a jugar o estar con tus amigos, vas a hincar los codos todo el verano”, “No sé qué piensas hacer, pero no nos vas a arruinar el verano a nosotros”.

Muchos padres desde su sincera preocupación hacia el hijo o desde sus propias emociones y fantasías -algunas más fáciles de detectar que otras- se preguntan con frecuencia qué hacer frente a estas situaciones. Es por ello que resumimos algunas claves que esperamos sean de ayuda, para manejar la situación que deriva de los suspensos al finalizar el curso.

1. Mantener la calma

Antes de reíros o sentir desesperanza (y dejar de leer), tened en cuenta que os comprendemos y sabemos que las sensaciones que podéis sentir como padres en estas situaciones, son muchas y muy potentes. Así que permitid que os comentemos por qué apuntamos esto como primera clave:

En primer lugar, y sin intención de quitarle peso al tema, son pocos los que pueden decir que nunca han suspendido o fallado alguna prueba -de la índole que sea- a lo largo de su vida. Los suspensos y los fallos son parte del aprendizaje, lo cual no quiere decir que sea algo grave. Lo que sí puede agravar la situación es cuando estos se manejan de manera incorrecta o se ignoran las claves que apuntan a que es necesario atender a algo más o hacer un cambio.

Segundo, esos primeros momentos tras conocer las notas, suelen estar muy cargados emocionalmente. Bajo tales emociones, no es difícil que expresemos opiniones “sin filtro” que pueden llegar a agravar la situación que subyace al suspenso.

No se trata de que os reservéis vuestras opiniones. Intentad, sin embargo, esperar que pase el “pico emocional” antes de hablar con vuestro hijo. Todo aquello que le preguntamos al niño espera una respuesta sincera o “esclarecedora” de su parte. Generalmente, desde el enfado de los padres, los hijos suelen dar dos tipos de respuesta: o bien defensiva (“no sé el por qué, pensé que iba bien”, “el profesor me tiene manía”, “a Rafa sí lo aprobaron con 4,8”, “tú no me entiendes”, “déjame en paz”) o a través del bloqueo, la inhibición o la huida (llantos, silencios, irse a su habitación).

En “momentos emocionales pico” hay gran facilidad para expresar frases que asimilen el suspenso o “fracaso” a lo que el niño es, tales como “esto ha pasado porque eres un vago”, “nunca escuchas”, “sólo piensas en ti y no en cómo nos afectaría”. Sin embargo, suele haber menos apertura a reflexionar comprehensivamente en qué puede estar afectando la nota o resultados obtenidos.

Es necesario que tengamos claro lo que sentimos antes de expresarlo. En general, los niños responden bien ante nuestro esfuerzo por comprenderles, porque los embarca asimismo en su propio camino de auto-comprensión. Con esto no decimos que haya que quitarle importancia a la situación, sino que una actitud comprensiva, estimulante y asertiva es una clave. Expresar el enfado de manera constructiva y coherente puede hacer del suspenso una verdadera vía de aprendizaje. Hemos de ser sinceros teniendo en cuenta que no hay nada más importante que la autoestima del niño o nuestra relación con él o ella.

2. Analizar los motivos del suspenso

Es importante explorar la opinión del niño en cuanto a qué ha motivado el suspenso. Cada razonamiento al respecto lleva consigo distintos tipos de afrontamiento. En muchas ocasiones los suspensos se atribuyen a falta de “dedicación”, concentración o planificación. Es de vital importancia que no se ignoren las circunstancias generales del niño (a nivel emocional, del ciclo vital, familiar, social…), para determinar con mayor exactitud qué factores pueden estar influyendo en su desempeño académico.
Hay un factor “técnico” en el contexto educativo actual, que no deja de afectar los resultados en el paso de un curso a otro. Las exigencias y capacidades que son necesarias en etapas sucesivas no siempre son alimentadas o atendidas en etapas previas. Existe un vacío entre lo que “los padres piensan que el colegio debe estar enseñando” y lo que “el colegio piensa que los padres deben estar atendiendo” durante el proceso formativo y educativo. En estos casos, es necesario cubrir ese “vacío” con alternativas que puedan proveer al niño de recursos para la planificación, organización y manipulación (técnica y comprensiva) del material impartido en el curso.

Como comentamos al principio, la experiencia nos muestra que los resultados deficientes o incluso preocupantes a nivel académico, suelen ser reflejo de otros procesos que atraviesa el niño que requieren atención. En la mayoría de los casos la responsabilidad de los suspensos se atribuye exclusivamente al niño (a sus aptitudes y actitudes), dejando de lado otros elementos que juegan un papel de importancia, tales como: los recursos del centro, las herramientas que se proveen para hacer frente a nuevos retos académicos y de contenidos; circunstancias particulares cognitivas, emocionales, sociales o de adaptación; o, dinámicas familiares o contextuales (límites, expectativas, exigencia, conflictos en el seno familiar…).

En este sentido, además del análisis que se hace desde el equipo parental y con el niño, puede ser de gran ayuda solicitar tutoría con el maestro, orientador o tutor para esclarecer los factores que pueden estar influyendo en los resultados académicos. Cada niño es distinto, pertenece a una familia diferente, procesa las emociones y situaciones de forma única… y por ello los suspensos no responden siempre a las mismas causas ni se pueden seguir las mismas directrices para todos los casos de forma unívoca.

3. Y ¿Qué pasa con el castigo?

Muchos padres usan el castigo como un “motivador”, es decir “va a estudiar para que le devuelva el móvil”, “hará las fichas de mates para ganarse el tiempo en la pisci” … Sin embargo, en estos casos está comprobado que el castigo no influye de manera real en la motivación o decisión del niño frente a la intención de estudio. Aún más, cuando se trata de un adolescente, la apatía que puede mostrar ante el castigo es incluso más desesperante o frustrante para los padres y, como imaginaréis, igual de improductiva.

El estudiar o no, no debería representar un elemento asociado al premio o al castigo. El proceso de aprendizaje no debería traducirse para el niño en un “proceso mercantil”. De ahí a que la clave #2 sea tan importante: Una vez conocidos o esbozados los factores que pueden estar influyendo en el suspenso, es necesario actuar sobre ellos y crear paralelamente un sentido de compromiso, es decir, de responsabilidad.

Si estudiar es una responsabilidad, faltar a dicha responsabilidad ha de acarrear ciertas consecuencias. Consecuencias, que no quiere decir “castigo”. ¿Cuál es la diferencia? El castigo implica una acción que acarrea otra acción punitiva, algo que sentencia que lo que se ha hecho está mal y no ha de ocurrir. Admite poco espacio para la reflexión: “si no haces esto, te quito esto”. Sin embargo, la responsabilidad guarda en sí un elemento socializador: “todo lo que hago tiene consecuencias sobre mí, sobre otros y sobre mi contexto”. Desde la intención de formar individuos sanos y coherentes que serán parte de la sociedad futura, es una tarea imprescindible educar en responsabilidad, más que en error-castigo.

El castigo suele generar un contexto emocional “negativo” y uno de nuestros objetivos para transformar el suspenso en un aprendizaje, es que este se enmarque dentro de un contexto más motivador. Un castigo significaría “no dejarle bajar al parque durante el verano para jugar con los vecinos”, o “quitarle el móvil durante todas las vacaciones” … Sin embargo, una consecuencia asociada a la responsabilidad significaría establecer horarios de estudio y marcar rutinas diarias que permitan hacerse cargo de los resultados académicos y trabajar para dar respuesta a la situación.

En contextos emocionales agitados (y de ahí nuestra clave #1) se suelen imponer castigos desproporcionados que no generan un cambio real en la situación (en algunos casos producen cambios “de forma, pero no de fondo”), por lo que puede ser muy útil que los padres se den un espacio para determinar cómo el niño -y bajo qué límites y acuerdos- ha de responder ante el suspenso.

4. Hacer un plan, sin sacrificar el verano

Como es lógico, tiene que haber un periodo de trabajo y también de descanso. Esto se aplica tanto a padres como a hijos. No es aconsejable que los niños empiecen a estudiar apenas terminan el curso escolar. Suele ser más productivo que haya un espacio de descanso y ocio; y se puede usar este tiempo además para hacer una planificación ajustada a la edad del niño, las asignaturas suspensas y las medidas que se consideran necesarias para atajar el problema que ha suscitado las notas. El tema es poder encontrar un equilibrio entre ambas cosas; no se trata de que el niño abandone por completo la rutina y deje las asignaturas pendientes para última hora, ni tampoco que pase todo el verano estudiando sin salir de casa. Los niños deben tener siempre su tiempo para jugar y compartir con amigos.

Con mucha frecuencia, las familias responden ante el suspenso de alguno de los hijos volcándose en él o ella, o renunciando a las vacaciones familiares. Esto es un error por varios motivos: El suspenso o resultado académico del niño representa sólo un elemento del panorama familiar. No hay razones para convertirlo en algo que impregne toda la dinámica y actividades familiares. En su lugar, se trata de una situación que, si bien puede introducir cambios, es necesario manejar en contexto y de acuerdo a las circunstancias familiares.

Por otro lado, la carga negativa sobre los estudios se incrementa cuando la familia se ofrece como “mártir” al suspenso y se limita el ocio de otros miembros de la familia. Estaríamos, en este caso, penalizando toda la dinámica de la familia, teniendo en cuenta que tras el año escolar tanto padres como hijos necesitan y merecen el tiempo de descanso que ofrece las vacaciones.

Aunado a lo anterior, “suspender las vacaciones” se interpreta como un castigo y, como mencionamos antes, lo más importante es identificar el motivo que subyace a los suspensos y buscar soluciones para el buen desempeño y desarrollo de los hijos. En este sentido hemos de tener en cuenta, que aun cuando los suspensos dan señal de que es necesario cambiar, trabajar o mejorar sobre un tema que está siendo conflictivo, no todo lo que el niño ha hecho durante el año se resume en el “fracaso del suspenso”. Reconocer los esfuerzos y logros más allá de los resultados es sano y asimismo necesario.

Por último, está comprobado el efecto positivo que tienen los descansos en la educación. Aunque muchos padres suelen asociar correlativamente el tiempo de estudio en relación con los resultados, esta relación no es directa. No necesariamente mientras más tiempo se dedique a estudiar, mejor será el resultado obtenido. Los beneficios de los descansos han sido ampliamente estudiados y por ello han de tenerse en cuenta de cara al verano.

5. Ayudarlos a sacar lo mejor de sí mismos

Contrario a lo que desearíamos, la motivación de nuestros hijos no depende de nosotros. Se habla desde hace años en líneas generales, de dos tipos de motivación: la intrínseca (la que emana de la propia persona, desde sus propios deseos y objetivos) y la extrínseca (aquella que se estimula a través de recompensas externas). La mayoría de los padres frente a la frustración del suspenso, se enfocan en trabajar la segunda de ellas, ofreciendo recompensas, quitando privilegios o estableciendo acuerdos de qué se gana o qué se pierde dependiendo el desempeño del niño. Sin embargo, está comprobado que lo que nos impulsa a la mejora es la motivación intrínseca, la satisfacción de hacer las cosas más allá de la recompensa externa que acarrea realizarlas. A pesar de su importancia, es este tipo de motivación el que más pasa desapercibida.

La actitud de los padres es fundamental para alimentar la motivación real del niño. Pensando en ello, así como en la estabilidad de la autoestima e identidad del hijo, es crucial poder transmitir mensajes positivos que fomenten la sensación de capacidad y superación. Asimismo, comentarios del tipo: “Apruebes o no, ya el verano se ha fastidiado”, “Esto ha ocurrido porque no trabajas porque no quieres”, calan en los niños y suelen generar un contexto emocional desalentador. Se puede caer con ello en la “profecía autocumplida” (la persona cree que haga lo que haga va a suspender, al final no se implica de manera sincera y lo previsto se cumple) o en un estado de indefensión o desesperanza “haga lo que haga, no voy a poder aprobar”, o “qué más da que apruebe, si el año que viene será igual o peor”.

Es importante apoyar al niño, escucharlo, dejar que se exprese, darle seguridad y estimularlo reforzando la idea de que logrará alcanzar el objetivo que se plantee, siguiendo un plan de acción y en coordinación con el centro educativo, profesores y tutores que proveen de un enfoque e información valiosa para encaminar el trabajo a realizar.

Las vacaciones, con suspensos o sin ellos, no es un espacio “aislado en el tiempo” y ha de integrarse en éste experiencias positivas de aprendizaje. Puede que las claves propuestas se perciban como insuficientes dadas las emociones, sensaciones y consecuencias que se despliegan en el contexto familiar, sin embargo, lo más importante es poder resaltar cómo las respuestas impulsivas, trágicas o rígidas por parte de los padres, no suelen ser eficientes al atajar el problema. Por su parte, poder ensayar y reflexionar sobre estas claves sí suele serlo, siempre teniendo en cuenta que hemos y podemos buscar ayuda profesional cuando sentimos que se trata de una situación desbordante o que habla de otras problemáticas emocionales del niño.

¿Ansiedad de tu hijo frente al campamento de verano? Algunas claves para gestionarla

Foto: Robert Jahns
Con el fin del curso escolar y el inicio de las vacaciones, son muchos los padres que optan por apuntar a los niños a campamentos de verano. Cuando pensamos en éstos solemos imaginar niños jugando, divirtiéndose y pasándola bien, sin embargo, son muchos los casos en donde resulta una situación emocionalmente difícil para algunos hijos (y padres).

En estos casos, suele infravalorarse o ignorarse la ansiedad que pueden experimentar los niños, la cual es una reacción natural frente a la ruptura de la rutina, el contexto desconocido y los nuevos retos y situaciones que percibe que enfrentará; y en el caso de los campamentos fuera de la ciudad, a la separación física de los padres.

La mayoría de los niños experimentan una mezcla de emoción y nerviosismo, y en los casos más frecuentes y sencillos de gestionar, el entusiasmo vence a los nervios. Sin embargo, algunos niños presentan un nivel de ansiedad lo suficientemente importante que termina interponiéndose en lo que debería ser una experiencia de disfrute y desarrollo.

Los campamentos de verano suelen ser contextos que permiten afinar y ensayar distintas habilidades: adaptabilidad social, seguridad en sí mismo, tolerancia a la frustración… La experiencia allí vivida puede fomentar habilidades sociales y cultivar la autonomía e independencia, a la vez que alimenta la seguridad a través de las distintas actividades que se realizan. 

La actitud de los niños para participar a gusto en un campamento de verano, depende tanto de la preparación (edad, experiencias anteriores…), de las condiciones del campamento (si vuelve a casa todos los días o se trata de un campamento a las afueras, si conoce a algún compañero que también participará en él), de la actitud de los padres, así como del temperamento del niño y la evaluación que hace de las dificultades que prevé que pueda encerrar la situación.

La clave para ayudar a tu hijo a superar los “nervios pre-campamento” es reconocer sus sentimientos y emociones, y proporcionarle las herramientas para gestionarlos.

Aquí algunos tips que pueden ser de ayuda:

1. Permite que tu hijo desarrolle un sentido previo de pertenencia y apropiación de la experiencia. Involúcralo en la elección del campamento, ayúdalo a familiarizarse con el contexto del mismo. Muéstrale qué actividades va a realizar, de manera que pueda superar el bloqueo o la ansiedad de la incertidumbre o duda, y formularse expectativas al respecto.

2. Alimenta el entusiasmo de tu hijo frente al campamento. Comprad juntos los materiales, ropa o equipamiento que necesite, e intentad enfocaros en las cosas que conocéis del campamento (y por tanto se pueden anticipar) que le puedan hacer ilusión.

Foto: Jorge Collado
3. Evita enfocarte en lo que aumenta la ansiedad del niño. En lugar de hacer preguntas dirigidas como “¿Estás nerviosa por los paseos fuera de la ciudad?”; haz preguntas abiertas como “¿Qué tal te sientes en cuanto a los paseos?”.
4. Evita trivializar sus preocupaciones o intentar tranquilizarle con promesas y palabras simplistas o con una seguridad superficial: “¡No hay nada de qué preocuparse!”, “Pero si todos los niños que van están que revientan de emoción!”. Este tipo de frases pueden ser contraproducentes y desmotivar aún más al niño, a pesar de que se hacen con la intención contraria. Intenta, en su lugar, demostrar que entiendes sus preocupaciones y mostrar empatía.

5. Reflexiona acerca de tus propias experiencias en relación con el tema y comparte los aspectos positivos de éstas con tu hijo. Muéstrale que estás dispuesta/o a hablar acerca de las cosas que estará haciendo, bien se trate de comer y probar nueva comida, conocer y llevarse bien con compañeros, o enfrentarse a nuevas actividades.

Foto: Francisco Amor
6. Si es necesario, ¡ensayad!.  Una ‘quedada’ con amigos menos cercanos, una noche en casa de la abuela con los primos, juego de roles en casa para disipar los miedos… Sé creativa/o y ensaya formas que le hagan más fácil a tu hijo afrontar la nueva experiencia.

7. Se consciente de tus propias ansiedades. “Que el niño no coma adecuadamente, que no haga amigos, que no lo pase bien o que se niegue rotundamente a asistir…”, piensa en todo aquello que te puede generar inseguridad para evitar filtrarla al niño. Recuerda que tu hijo puede captar tus emociones y sentimientos aun cuando no los verbalices.

8. En los casos de campamentos fuera de la ciudad, evita las despedidas largas y ‘dramáticas’. Muchas veces los padres experimentan un mayor nivel de ansiedad de cara a la separación del hijo que el mismo niño. Es necesario que, incluso en la despedida, podamos transmitir al niño la confianza que sentimos en él. Es necesario evitar las despedidas muy largas, ya que estas suelen aumentar los sentimientos encontrados del niño.

9. Ayuda a tu hijo a hacer planes realistas acerca de alguna actividad que le preocupe particularmente. Explorar de forma imaginaria las distintas vías de afrontamiento puede ayudarle a ver que es capaz de gestionar las situaciones temidas y, sobre todo, generar soluciones e ideas. Asimismo, el poder generar ideas para tolerar la frustración o ser flexibles al pensar en soluciones, dota al niño de una sensación de éxito que disminuye los miedos fantaseados.

10. Si tu hijo tiene algún tipo de dificultad psíquica, emocional, de aprendizaje o médica, no lo guardes en secreto. Es necesario que los monitores y el personal del campamento puedan tener la información necesaria para prevenir problemas y sacar el máximo partido de la experiencia de tu hijo. Asegúrate, además, de hacerle saber al niño que los monitores están ahí para ayudarle, tanto en lo que respecta a dudas o preguntas simples, como a otros temas que puedan ser de mayor importancia.

En general, la preocupación surge de las situaciones de incertidumbre, por tanto, reducirla en la medida de lo posible, ayudará al niño a disminuir su ansiedad. Es necesario que recordemos que la ansiedad y preocupación puede distorsionar el sentido en el que se percibe la realidad, por lo que la intervención de los padres en la gestión de estos sentimientos es de gran importancia y valor, ya que cuando dichas preocupaciones se reiteran sin mediar en ellas y gestionar las emociones que generan, se incrementa la sensación de indefensión del niño.

En la mayoría de los casos, los nervios del niño vienen del hecho de anticipar las posibles dificultades a las que habrá de enfrentarse. Muchas veces estas dificultades que anticipa son reflejo de dificultades reales en su regulación emocional o social. De aquí la importancia que tiene no pasarlas por alto o ignorarlas, sino proporcionar las herramientas para superar las dificultades y facilitar que el niño pueda sacar el mayor provecho de esta experiencia de cara a su desarrollo.


Artículo de Kreadis con información de: Asociación de Psicología Americana, Child Mind Institute, y Consejo General de la Psicología de España.

lunes, 12 de junio de 2017

Reforzar la autoestima de nuestros hijos II

Ya hemos visto en nuestro post anterior algunas formas para conseguir reforzar la autoestima de nuestros hijos. Quizás la más relevante sea la de encontrar cuáles son sus fortalezas y buscar la manera de que sean conscientes de ellas. Que aprendan a utilizarlas y puedan servirles de soporte para ir mejorando en áreas en las que se sientan inseguros y les permita crecer y desarrollarse de manera sana.

Así dicho parece fácil, pero además de ser padres que encuentran talentos en sus hijos, que los refuerzan de buen grado y están pendientes de dar con la palabra positiva que les haga sentirse bien, también pasamos por momentos en los que nos enfadamos, en los que sentimos que nuestros hijos no cumplen con lo que esperamos de ellos o en los que hemos tenido un mal día en el trabajo y esto afecta nuestras emociones y acciones en casa. En estos momentos no es fácil estar pendientes del refuerzo y nos sale con mucha más facilidad la regañina, el reproche o el castigo. Esto, como bien sabemos si seguimos pensando en la analogía propuesta por Rick Lavoie en la que la autoestima es como las fichas de póker, son acciones y comportamientos que les quita bastantes fichas de póker a nuestros niños. El reto está en “quitarles” las menos posibles o, por lo menos no más de las necesarias.

Realmente, los padres, solemos caer en la tendencia a quitar más fichas de las que se merecen perder por algunos comportamientos. Veamos un ejemplo:

La familia de Paco está sentada a la mesa cenando, después de un largo día de trabajo, colegio y actividades extraescolares. Todos están cansados y con ganas de relajarse o irse a la cama. En un descuido Paco derrama el vaso de agua por la mesa y su padre salta diciéndole: "Pero Paco, ¿es que no hay un solo día en el que podamos cenar tranquilos?, ¿qué narices te pasa? ¿es que te levantas pensando en cómo puedes fastidiar el día a tu padre? No sé qué haces para conseguir sacarme de quicio. Eres un desastre, me tienes harto. ¿cuántas veces te hemos dicho que tengas cuidado en la mesa? Cada día te pasa lo mismo, no puedo contigo y lo peor es que no aprendes, te da igual. Ya has conseguido darnos la noche a todos. ¡Vete a tu cuarto inmediatamente y a ver si de una vez eres capaz de pensar en cambiar algo y hacer las cosas bien de una vez!”

El resto de la familia se queda cenando en silencio y el padre piensa que es posible que se haya pasado con Paco. Realmente piensa que lo que le pasaba es que venía ya bastante enfadado del trabajo, con la faena que había hecho su compañero de trabajo al perder a un importante cliente con su mala gestión. Sigue pensando que quizás debería ir a ver a Paco a su habitación y pedirle disculpas por su reacción tan exagerada. Va a su habitación, le pasa la mano por la cabeza y le dice: 

"Oye Paco, creo que me he pasado, no debería haberte hablado tan duramente, no estuvo bien. Lo siento, no volverá a ocurrir, es que venía alterado de la oficina." 

Y Paco le contesta: " lo siento papá, de verdad, lo siento".

Si hacemos un análisis de lo que ha supuesto esta escena para Paco en términos de la metáfora de las “fichas”, tenemos:


  • Se le ha gritado delante de toda la familia
  • Se le ha dicho que no aprende
  • Que es un desastre
  • Que quiere arruinar el día a su padre
  • Que le ha dado la noche a toda la familia

Paco ha perdido más de 50.00 fichas. Sin embargo:
  • Sentarse en su cama
  • Pedirle disculpas
  • Reconocer que no estuvo bien gritarle de ese modo
  • Pasarle la mano por la cabeza

Como mucho, le da de 10.000 a 20.000 fichas de póker, siendo muy optimistas.

El desequilibrio que se genera en este tipo de situaciones es grande y es importante que se aprenda a controlar lo que se les dice y cómo se les dice; que se intente comprender quién es el verdadero objetivo del enfado, si el compañero de trabajo o Paco en este caso.

Normalmente, bajo un sentimiento de frustración, muchos padres responden ante los errores de sus hijos de forma que no hacen más que reducir su confianza. Si lo que se pretende es reforzar una actitud mental de fortaleza en sus hijos, sus palabras y acciones deben comunicar la creencia de que es posible aprender de los errores. El temor de cometer errores es uno de los obstáculos más poderosos para el aprendizaje, y eso es incompatible con una actitud de fortaleza de carácter.

Otro aspecto que se nos puede estar pasando por alto es tener en cuenta "cómo se siente Paco". El tirar el vaso de agua, probablemente no haya sido un acto intencionado y el malestar que debe sentir al “fastidiar la cena” es probable que sea alto. Esto, unido a la reacción del padre, exacerba aún más la sensación de angustia en Paco, cosa que no facilita nada el que escuche de manera activa lo que le está diciendo su padre y, mucho menos, que esto pueda representar algún tipo de aprendizaje.

Si al comienzo del discurso, el padre de Paco intentase validar las sensaciones que Paco pudiera estar teniendo al derramar el vaso de agua, es muy probable que su discurso no fuese tan "caro" para Paco en términos de fichas que pierde.

Algo en la línea de lo siguiente quizás pueda arrojar un poco más de luz sobre este tema:

"Paco, imagino que esto te ha molestado porque no creo que haya sido tu intención hacerlo. A mí me ha hecho saltar y estoy muy enfadado, incluso llego a pensar que lo último que me faltaba hoy era tener una situación como esta en casa; necesito tranquilidad y esto no ayuda nada. He tenido un día muy malo en el trabajo y reconozco que estoy alterado. Vamos a intentar cenar en paz y, si te parece, luego hablamos para ver qué podemos hacer para ayudarte a que esto no ocurra tan a menudo. De hecho, esto me da que pensar que es posible que tú tampoco hayas tenido un buen día ¿me equivoco?”

A medida que vamos cambiando nuestro discurso hacia una postura más "asertiva" y comprensiva, la intensidad de sentimientos negativos, lejos de incrementarse como ocurrió en el primer escenario de la cena de Paco, irá decreciendo.

También es importante que se esté preparado para poder enfrentarse a todas las personas que estén quitándole fichas a nuestros hijos sin devolverles nada a cambio. Profesores, directores, conductores del autobús, padres de otros compañeros, personal en comercios que frecuenta, etc.. Nosotros también lo hacemos, pero tenemos que ser conscientes de que hay que “devolverles fichas” para no descompensar el saldo. Pero si hay alguien en la vida de tu hijo que le está quitando fichas, sin darle ninguna a cambio, están haciendo que la vida de tu hijo sea más dura y, por ende, la de toda la familia.

Afortunadamente, desde hace más de 50 años no se ha dejado de investigar en cuanto al impacto que representan para la vida de los niños el hecho de identificar, valorar y reconocer las cualidades de fortalezas de cada niño. Sería ideal que esto estuviese presente en todos los ámbitos en los que el niño interactúa: familiar, educativo y social. Y creemos que lograr intensificar estas cualidades en nuestros hijos es quizás, uno de los papeles más importantes de padres y educadores.

La clave no está en priorizar las deficiencias, sino en construir valores positivos en ellos.

El modelo deficitario puede ser adecuado en la práctica clínica para identificar cómo y porqué el niño atraviesa por un periodo de sufrimiento psíquico o emocional, incluso para prescribir estrategias que mejoren dichos aspectos, pero resulta muy limitado en su contribución para alcanzar una mejora orientada a futuro, ya que el mero alivio de “síntomas” no es sinónimo de resultados duraderos.

Estamos realmente convencidas, por lo tanto, de que las cualidades de fortalezas que os animamos a identificar, trabajar e infundir en vuestros hijos, pueden ayudar a cambiar su futuro.
Bibliografía:

Definición de Autoestima - La guía de Psicología - http://psicología.laguia2000.com/la-depresion/definicion-de-autoestima#ixzz4giCdpS00

Garaigordobil M. y Durá A. - Relaciones del autoconcepto y la autoestima con la sociabilidad, estabilidad emocional y responsabilidad en adolescentes de 14 a 17 años - Análisis y modificación de conducta, 2006, Vol. 32, Nº 141.

Rick Lavoie - La autoestima como fichas de póker


Brooks, Robert, Goldstein, Sam- Building Resilient Children (2001)

lunes, 15 de mayo de 2017

Reforzar la autoestima de nuestros hijos I

La autoestima es un concepto que se ha puesto de moda últimamente; solemos escuchar comentarios tales como "a Carmen le va muy bien en la vida, tiene una autoestima tan alta que ¡cómo no le va a ir bien!", "los López tienen problemas con su niño, es que tiene una autoestima muy bajita el pobre, tendrían que ayudarle a que mejorase el concepto que tiene de sí mismo".

Muchos de los conflictos o éxitos personales, los relacionamos directamente con el “nivel” de autoestima, y en muchos casos, parece que nos resulta fácil detectar cómo está el “termómetro de la autoestima” en aquellos que nos rodean. Sin embargo, a pesar de ser un concepto tan ampliamente utilizado, seguimos sin tener claro cómo podemos alimentar o aumentar la autoestima o el sentimiento propio de valía.

Solemos confundir los conceptos de “autoestima” y “autoconcepto”. Por ello, creemos interesante revisar algunos matices en cuanto a su significado.

En los últimos años la investigación del autoconcepto y la autoestima está despertando gran interés. La mayoría de los autores asocia el término autoconcepto a los aspectos cognitivos del conocimiento de uno mismo, y utilizan la denominación de autoestima para los aspectos evaluativo-afectivos. Cardenal y Fierro (2003) han definido el autoconcepto como un conjunto de juicios tanto descriptivos como evaluativos acerca de uno mismo; considerando que éste expresa el modo en que la persona se representa, conoce y valora a sí misma. Aunque a menudo se usan de manera equivalente autoconcepto y autoestima, ésta última constituye el elemento valorativo del autoconcepto, es decir, del autoconocimiento.

La autoestima pues vendría a ser un conjunto de percepciones, sentimientos y evaluaciones que hablan de la autovaloración de uno mismo, de la propia personalidad, de las actitudes y de las habilidades, que son los aspectos que constituyen la base de la identidad personal. Ésta se construye desde la infancia y depende de la forma de relación con las personas significativas, principalmente los padres, que representan las primeras figuras de apego y referencia.

Foto: Phillip Haumesser
Los primeros años de la vida de un niño son vitales para construir una autoestima sana. Como padres, no es fácil controlar cómo ven, oyen o piensan nuestros hijos, ni cómo esto contribuirá a construir una imagen de sí mismos. Durante estos años, lo que los niños experimentan y comprenden, así como los esquemas mentales que van conformando (tanto en términos positivos como negativos) puede tener más importancia de lo que creemos. Es indudable que los padres tenemos un papel importante en cuanto a la cantidad y calidad de estos inputs en el cerebro de nuestros hijos. A mayor número o mejor calidad de inputs, mejores herramientas tendrán para enfrentarse con los retos que el futuro les depara.

Las expectativas poco realistas sobre las posibilidades de los hijos suelen provocar en ellos el deseo de aprobación y afecto, así como la necesidad de obtener metas personales que no estén de acuerdo con sus verdaderas aspiraciones individuales y sus capacidades reales, lo que puede llevarles a experimentar los fracasos como un acontecimiento que deriva en la pérdida de autoestima.

Nuestra habilidad para trabajar mejor y de manera más eficiente con los chicos tiene mucho que ver con trabajar con su autoestima. Pero ¿cómo se hace eso?

Hemos encontrado una buena analogía en una charla facilitada por Rick Lavoie que esperamos os sirva para poder comprender y ayudar a vuestros hijos.

Lavoie nos invita a imaginar la autoestima como algo tangible, como por ejemplo fichas de póker. Si tenéis una buena autoestima, tenéis un montón de fichas de póker y si la tenéis muy bajita, pues tendréis pocas fichas. ¡Así de simple!

Vamos a verlo de manera más gráfica con un ejemplo. Pensemos en dos niños, que bien podrían ser compañeros de clase de alguno de nuestros hijos. Uno de ellos, llamémosle “Toni Guay”, tiene miles y miles de fichas de póker. ¿Cómo las consiguió? Las obtuvo, por ejemplo, con todas las cosas buenas que le enriquecieron a lo largo de su vida:

- Le eligen como delegado de clase.
- Sale en el periódico del cole como alumno con iniciativa y motivación por proponer un sistema de reciclado de papel.
- Metió un gol decisivo en el último minuto del partido.

Toni tiene muchísimas fichas de póker. Ha vivido muchas experiencias que le confirman su valía y que le confirman, además, que es apreciado por quienes le rodean, por lo que se siente bien consigo mismo. Toni, como cualquiera de nosotros, pierde fichas cuando las cosas “no le salen bien”, o cuando ocurren cosas que no le gustan, como, por ejemplo:

- La chica que le gusta acepta ser su pareja para la fiesta de graduación (por lo que gana 20.000 fichas de póker más).
- Sin embargo, le sale un grano el día de la fiesta (lo que le quita 5.000 fichas de póker).

Aun así, en el “recuento” de Toni, aún le quedan 15.000 fichas, entre “sus más y sus menos”. En este punto, sería necesario tener en cuenta la capacidad de Toni para tolerar la frustración, tema que hemos delineado en notas anteriores y que abordaremos con mayor profundidad en próximos artículos. Si Toni es capaz de tolerar la frustración que puede implicar el grano que le ha salido, será capaz de apoyarse en todas las fichas de póker que ha conseguido y sentirse bien consigo mismo.

Con este tipo de experiencias Toni es un chico que va a la escuela cada día con un montón de fichas de póker a su espalda.

A su lado se sienta “Paco Pecas” quien a lo largo de su vida ha conseguido reunir un montoncito de fichas de póker que le caben en la palma de su mano.

- No ha llegado a ser delegado de clase en los cursos por los que ha pasado y suele pasar desapercibido en su clase.
- En los partidos de fútbol, “chupa” mucho banquillo.
- Las chicas que le hacen caso tienen menos fichas de póker que él.

Tanto Toni como Paco están dentro del mismo sistema, juegan la misma partida, se les valora con las mismas normas y tienen que jugar teniendo ambos una gran diferencia de fichas en sus manos. Esto no parece justo ¿verdad?

Imaginemos ahora que proponemos jugar contra nosotras con la cantidad de fichas que tiene Paco, mientras que nosotras lo haremos con las que tiene Toni. ¿Cuál sería vuestra primera reacción? ¿Querríais jugar? Es muy probable que la respuesta fuese que no.
Foto: Stephen McMennamy

¿Qué es lo que creéis que está queriendo decir Paco cuando les dice a sus padres "no quiero ir al colegio, por favor, no me hagáis ir, me duele muchísimo el estómago, tengo ganas de vomitar, me duele mucho la cabeza, dejadme quedarme en casa hoy, por favor"? Probablemente lo que está queriendo decir es "no tengo suficientes fichas, no me hagáis jugar a este juego, ¡es casi imposible ganar!"

Pero le decimos que tiene que jugar; la ley dice que tiene que jugar, así que le decimos que tiene que ir a la escuela.

Es como si nosotras os dijéramos "lo sentimos, aunque no queráis jugar al póker con nosotras, igualmente vais a tener que jugar con la cantidad de fichas que tenéis".

Imaginamos que vuestra sensación de impotencia y frustración sería alta en ese momento. No obstante, tenéis que jugar. Vosotros con pocas fichas y nosotras con cientos de ellas.

En este caso ¿Cuál sería vuestro estilo en el juego? ¿Sería arriesgado o sería conservador?

Tendríamos respuestas variadas ante esta pregunta, dependiendo de vuestro perfil de personalidad.
Habría personas que apostarían todo, pensando en “¡qué más da!”, sintiendo de antemano que lo tienen todo perdido.... Por lo que “cuanto antes se acabe el mal trago mejor”.

Este es el caso de los jóvenes que se vuelcan en conductas de riesgo, esos que de alguna manera dicen “no me importa", claro que voy a probar las drogas, alcohol y tabaco, podría unirme a pandillas, me atrevo a caminar por el tejado de esa casa, traspasar las normas. No tengo nada que perder, ni buena reputación, ni respeto, ni consideración, casi no tengo amigos de verdad y la opinión que de mí tienen la mayoría de las personas no es especialmente buena. ¿Por qué no ser impulsivo y apostarlo todo? ¡No me importa!”. Este tipo de pensamientos y conductas parten de un maltratado sentimiento de valía y buscan, de manera errónea, conectar con los demás, encontrar límites y la individualidad, así como llamar la atención de otros.

Foto: Robert Jahns
Por su parte, en el caso de aquellos que habríais decidido apostar de manera conservadora, probablemente lo iréis haciendo ficha a ficha. Eso es lo que puede estar haciendo Paco cuando dice, "no quiero pedirle a la chica que me gusta que salga conmigo; no quiero exponer mis cuadros en la semana del arte del cole; prefiero quedarme en el banquillo porque si me sacan y no meto gol se van a meter conmigo; no quiero seguir en tenis porque me ha dicho mi entrenador que ya estoy preparado para ir a los torneos y no quiero competir; no quiero ir al campamento de verano... Me voy a aferrar a mis pocas fichas y no las voy a soltar, no las puedo perder, no puedo perder ni una sola de ellas."

Si Toni y Paco están en la misma clase y el profesor pregunta ¿cuál es la capital de Dinamarca? Toni piensa: "Yo creo que es Oslo, aunque no estoy seguro. Como tengo un montón de fichas, si me equivoco, solo perderé unas pocas" Y dice en voz alta: "Es Oslo" y el profesor dice: “No Toni, esa no es la respuesta correcta”.

Paco está pensando que Oslo no puede ser porque es la capital de Noruega, y la respuesta correcta cree que es Copenhague, pero solo tiene un puñado de fichas y no se atreve a contestar porque en el recreo tiene que hablar con Dani y su grupo para pedirles la pelota que le quitaron ayer. Su padre le ha dicho que no vuelva a casa sin la pelota, así que necesita todas sus fichas para hacer frente a Dani y su grupo.

El profesor dice, "la respuesta correcta es Copenhague" y Paco piensa: "Lo sabía... debí haber contestado". Sin embargo, es probable que en futuras ocasiones Paco tampoco se atreva a contestar, intentando mantener las fichas de póker que tiene intactas; “no gano, pero tampoco pierdo”.
Uno de los factores que más influyen en las conductas y percepciones de nuestros chicos es que “no tienen suficientes fichas”.

Entonces ¿cómo les damos más fichas y aumentamos su autoestima? Construyendo a partir de sus fortalezas; es lo que Bob Brooks llama "la isla de competencia", es decir, aquellas actividades en las que el niño destaca más fácil y naturalmente.

Foto: Ahn Young Joon
Es habitual que, cuando existen dificultades, la forma de trabajar el proceso de mejora se basa en un enfoque hacia las áreas que el niño debe “perfeccionar”, es decir, en sus “debilidades”. El tipo de intervención en los casos en los que el niño tiene dificultades sociales, en la comunicación o en la comprensión, suele abordarse intentando arreglar lo que no funciona, se enfoca en la deficiencia, en muchos de los casos, a través de métodos que no siempre atienden la raíz del problema.

Todos poseemos fortalezas, pero algunas veces no son tan obvias. Hay que descubrir todas aquellas cosas que tu hijo hace bien, aquellas en las que es competente, sus fortalezas, y darle toda la importancia que tiene, hacerlas evidentes, reconocerlas y celebrarlas.

Por ejemplo, Laura, una joven de 15 años, tenía dificultades para llevarse bien con sus compañeros, sin embargo, los niños pequeños siempre se le acercaban. Por ser ese su punto fuerte, comenzó a cuidar niños y esto le hizo desarrollar y aumentar su confianza. Según iba sintiéndose mejor consigo misma, fue capaz de examinar y cambiar su enfoque respecto a sus compañeros, lo que la llevó a ser más aceptada por sus iguales.

Por ejemplo, si a tu hijo se le da bien utilizar el destornillador, cada vez que necesites ajustar algún tornillo, puedes pedirle que lo haga por ti, de manera que haya un reconocimiento indirecto de su habilidad.

Una vez encontradas las aéreas de fortaleza del niño hay que construir sobre ellas. Para ello, es esencial realizar un trabajo conjunto entre la casa y la escuela, con vías de comunicación claras entre el colegio y los padres de familia. Cuando los niños descubren sus puntos fuertes, se hallan más dispuestos a encarar incluso esas áreas que han resultado ser problemáticas para ellos.

Hay que ser unos excelentes buscadores de talento con vuestros hijos y fomentárselos. Esta es una de las mejores formas de darles más fichas de póker cada día.

Como padres y educadores, una de las labores más importantes que debemos hacer con nuestros hijos para mejorar su autoestima es encontrar sus fortalezas y buscar la forma de que cada día se vayan a la cama con más fichas de póker que las que tenían cuando se levantaron.

Artículos relacionados:
Reforzar la autoestima de nuestros hijos II
Las islas de competencia y la percepción del éxito

Artículo preparado por Kreadis con información de:
  • Definición de Autoestima - La guía de Psicología http://psicologia.laguia2000.com/la-depresion/definicion-de-autoestima#ixzz4giCdpS00
  • Garaigordobil M. y Durá A. - Relaciones del autoconcepto y la autoestima con la sociabilidad, estabilidad emocional y responsabilidad en adolescentes de 14 a 17 años - Análisis y modificación de conducta, 2006, Vol. 32, Nº 141.
  • Rick Lavoie - La autoestima como fichas de póker
  • Brooks, Robert, Goldstein, Sam- Building Resilient Children (2001)
  • Brooks, Robert, Goldstein, Sam- Building Resilient Children (2001)